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Enrique Velázquez Martínez

No creo en los milagros ( ¿o, si?)

                         “… dicen que cuando encontraron

                       muerto al escribano, aún tenía la pluma

                       en la mano…”

                                     

Un alumno me preguntó, a propósito de la canonización de Juan Pablo II y Juan XXIII: "Profesor, ¿cree en los milagros?". Debo confesar que la pregunta me turbó un poco. Tardé algo de tiempo en contestarla. Más bien, me dio miedo. Si de por sí, nuestro país está sumergido en una manipulación directa e indirecta por los medios de comunicación, específicamente "Televisa" y TV-Azteca", no se diga la enajenación y fanatismo hacia las religiones. La que encabeza la lista es la religión Católica, les siguen los "Cristianos", en todas sus modalidades; y después, "Los Testigos de Jehová". Pude darle la vuelta a esa pregunta, pero en mi calidad de "profesor", no podía (ni pude) eludir a mi alumno. Respondí: "No. No creo". Pero mi alumno volvió a la arena: "Y ¿por qué no? Entonces ¿no cree que Juan Pablo II haya hecho un milagro, suficiente como para hacerlo santo?” La respuesta, palabras más, palabras menos, fue la siguiente:

No creo en los milagros. ¿O acaso el Dios, de cada quien, tendrá alguna preferencia racial, cultural, regional o política? ¿O será que el Dios supremo, quien sea que fuere de la religión católica en México, tiene alguna preferencia por el norte del país? ¿Tendrá más empatía por la meseta central? ¿O le gustará el calorcito del suroeste mexicano? ¿Sentirá más atracción por el color más blanco de la piel existente en el norte del país? ¿Se habrá olvidado de la piel cobriza que sobrevive en la sierra oaxaqueña y guerrerense? ¿Se habrá olvidado de encomendarle a sus pulcros ministros eclesiásticos de, por lo menos, homogenizar la lengua nacional en esos abandonados lugares? Es decir, ¿de enseñarles a hablar español? ¿Por qué, en 2014, tuvo que venir una comediante (por lo de su histrionismo político envidiable) a encabezar, por medio de una secretaría de estado, una vergonzosa campaña llamada: "Sin Hambre, Cruzada Nacional". O sea que, ¿a dos mil años del fundador de la Iglesia Católica, sus feligreses, súbditos, o como se les quiera llamar, tienen hambre? ¡Por el universo infinito! ¡¿Qué tipo de Dios es éste!? Este omnipotente Dios, ¿habrá olvidado que el imperialismo estadounidense tiene una bota en el cuello de los mexicanos, y la otra, en sus genitales? ¿Tiene este Dios algún nexo con las trasnacionales petroleras y se le olvidó cobijar a este pueblo nahuatlaca?

Dicen que Dios está en todas partes y que todo lo ve. Entonces, ¿sus ojos misericordiosos, asombrosos y milagrosos estarán sobre mi pobre país? ¿Observarán las acciones humanas en mi descobijado México? Y esos ojos mágicos ¿tendrán imparcialidad en cuanto a las acciones mexicanas? Es decir, ¿mirarán con los mismos ojos prudentísimos la política partidista, sus acciones, así como las artimañas empresariales? ¿Mirarán el “Canal de las Estrellas” y “La Señal con Valor”? ¿Estará al tanto de la guerra de gigantes entre los dueños de las señales televisivas contra el monopolio telefónico mexicano? ¿Optará por inclinar sus milagrosas manos en pro de alguno de estos filantrópicos mexicanos? ¿Qué pensará de las acciones que llevan a cabo sus “hijos” del partido blanquiazul que realizan infames actos hacia la población en su altísimo nombre?

No queridos alumnos. No creo en Dios. Pero les soy sincero: quisiera creer. Quisiera creer en uno, en el musulmán, en el calvinista presbiteriano, en el de Los Testigos de Jehová, en el indú. Quisiera hacer mi comparación de “milagros” de cada uno de ellos y escoger al más eficiente, porque, en voz de cada uno de sus feligreses, el “suyo” parece ser el “más efectivo”.

De verdad quisiera creer que la mano de un Dios todopoderoso y eterno realizara milagros, porque tengo una ansiedad de creer. Que nos haga el milagro de que México sea un país de lectores y por fin sea una población informada y más difícil de engañar. El milagro de que sus políticos tengan un sueldo decoroso, acorde a su realidad político-social y, además, que lo desquiten al cien por ciento, pues, además, es dinero del pueblo. El milagro de que sus empresarios piensen y analicen en cuanto su sociedad y no sólo en sus cuentas bancarias, o de cuantos escalones les faltan para salir en los cien más ricos del planeta. El milagro de que los políticos partidistas usen, por fin, las escasas neuronas que ese mismo Dios les otorgó.

Quisiera que esa inmaculada mano, sacrosanta y milagrosa, se posara por todos los ejemplares de la calaña de Javier Lozano; de los señores de las ligas; de los acosadores sexuales perredistas; de los monstruosos curas pederastas; de los fraudulentos y constructores de elefantes blancos como la ridícula Línea Dorada; de los “tratantes de blancas” enquistados cual parásitos en el partido tricolor; de los diputados y senadores saltimbanquis, quienes se cambian de color ante los cañonazos económicos; de los empresarios ávidos de más y más y más riqueza (monetaria, por supuesto, porque en la riqueza espiritual y humanística, murieron hace tiempo).

Pero, si acaso ese Dios está muy ocupado, mis peticiones se las haré llegar, cual carta de cierto cineasta, al neosanto, y empiece a estrenar esa canonización. Aunque se dice que “sólo” ha hecho un milagro, Juan Pablo II tendrá que hacernos válida su frase de “México, siempre fiel”. Aquí tiene “harta chamba”, hasta como para sacar a mas beatos.

Queridos alumnos, creo que no es mucho pedir para el poder de cualquier Dios omnipotente. Juro por mi vida que la Basílica quedará chica con la construcción hipotéticamente venidera si Juan Pablo, perdón, San Juan Pablo nos concediera ese milagrito.